La Mona de la Catedral de Jaén

6921514907_2943462290_o

Una leyenda negra

En la parte trasera de la Catedral de Jaén, la más antigua, existe un friso (o banda central decorativa) de estilo gótico. Esculpido por el gran maestro Enrique Egas durante el breve período de tiempo que pasó en Jaén, con motivo de su llegada a tierras del Santo Reino por motivo de una tasación en la Catedral.
 
Se ha estimado durante mucho tiempo, que la escultura colocada sobre el entablamento del muro gótico de la catedral era la imagen grotesca de un moro (o incluso un judío), colocado mirando hacia el Este por algún motivo incierto (bien para hacer constar que era una mezquita convertida en Iglesia cristiana, por mofa, etc.)


Los orígenes de la figura

Se dice que podría tratarse de un Baphomet o Bafumet, supuesto ídolo o deidad cuyo culto se atribuye a los Caballeros de la Orden del Temple. Su nombre apareció por primera vez cuando los templarios fueron enjuiciados por herejes. Durante el proceso, muchos de los caballeros de la orden confesaron numerosos actos heréticos, lo cual era de esperar en algunos de ellos tras las largas e inimaginables torturas a las que fueron sometidos. Entre sus confesiones se incluyó la adoración a un ídolo de este nombre, el denominado Baphomet.
 
Se cree que esta representación era una cabeza con barba y con pequeños cuernos, lo cual explicaría la razón por la que los templarios fueron acusados de herejes tras haber tomado contacto, en Tierra Santa, con los sarracenos y sus creencias.
 
También se ha considerado la posibilidad de que el nombre pudiera ser una variante local del nombre “Mahoma“. Los templarios acusados de herejes vivían en Occitania, cuya lengua local era el occitano. Lo curioso es que en las lenguas vecinas se usaron los términos Mahomet (francés) y Mafumet (catalán). Pero claro, esta hipótesis se apoya en que en el acta contra los templarios no se dan mayores explicaciones, apuntando a que era un término de uso habitual.
 
Otras fuentes van más allá y sostienen que la cabeza barbuda en cuestión correspondería a Jesucristo, pero claro, ésto estaría contradiciendo la creencia en la Resurrección. Otros incluso destacan que la cabeza (no ya una mera representación, sino una cabeza humana embalsamada) no era otra que la de Juan el Bautista. Pero en general, muchos más interpretan esta imagen como una representación de Dios, lo cual daría carácter sagrado a la greca gótica que presenta el muro.

La leyenda negra

De todos modos, la imagen del Baphomet o Bafumet fue rápidamente demonizada, interpretándose en la época que los Templarios adoraban claramente al diablo, por lo que hoy, busquéis por donde busquéis, encontraréis que el nombre está asociado a un supuesto dios de la Luz, Lucifer, Iblis, etc, que aparece a lo largo de los tiempos entre los Templarios, los Rosacruces, los Illuminati y la Masonería. Dan Brown, en su novela “Ángeles y Demonios“, así lo explica, aunque envuelto en sus fantasías, claro está.


          
Imagen de un Baphomet, asociada al demonio.

Desde abajo vemos la imagen de una persona sentada de cuclillas, sujetándose los pies con las manos e inclinado hacia delante. Si miramos su cara, vemos que tiene los labios apretados, como indicando un secreto que debe guardar aquel que descifre el contenido de la cenefa cuya dirección señala.

 
El caso es que la escultura en cuestión presenta una nariz cercenada por la pedrada de un niño, que según cuentan, es el hecho que dio origen a la leyenda negra que la rodea y que muchos conocen en Jaén.   Dice así:
     Parece ser que a finales del siglo XIX unos niños que habían oído de sus mayores el encantamiento maléfico que pesaba sobre la pequeña figura -lo que les hacía rehuir este lugar para sus juegos-, por dárselas de valientes, decidieron cierta tarde bajar hasta la Plaza de San Francisco y pasar bajo la imagen demoníaca de la Mona, ante el estupor de las personas que por allí andaban, pues evitaban tanto mirarla, como pasar cerca de ella.
 
     Desoyeron los niños las asustadas peticiones de aquellas gentes, a las que parecía que les iba en ello la propia vida, y primero más retraídos y después más resueltos, pasaron una y otra vez bajo la adusta silueta de aquella imagen a la que, una vez se hubieron desinhibido totalmente, le proferían insultos y gestos soeces.
 
     De vuelta a su barrio, los niños fueron recibidos como héroes por la chiquillería, y sobre todo por las niñas, que vieron en ellos a auténticos capitanes.
 
     Enterados sus padres, les recriminaron duramente su actitud y les prohibieron tajantemente volver por aquel lugar. Pero al igual que en las batallas el tedio relega a la poltrona a sus más esforzados soldados, en el caso de nuestros protagonistas, la fama adquirida fue perdiendo intensidad,. Incluso hubo quien afirmó que la proeza de aquellos rapaces fue una invención.
 
     Destronados pues de su pequeño pedestal de gloria, concertaron en secreto una nueva visita a la Plaza en compañía de aquellos que dudaban de su anterior bravura.
 
     Una vez llegados al lugar, se pavonearon largamente de su audacia y valentía, mientras que algunos de ellos permanecían un tanto alejados para no verse sometidos a la maldición de la Mona.
 
     Fue entonces cuando el más engreído, envalentonado por las miradas de admiración de los que se encontraban más lejos, hizo alarde de su inconsciencia y tomó varias piedras del suelo, lanzándolas con más o menos fortuna a la imagen del moro, hasta que una de ellas impactó contra la nariz, cercenandosela.
 
     El miedo y admiración combinados de los presentes, se tornó en estupor cuando vieron que, a los pocos minutos, aquel niño comenzaba a sudar y a sentir escalofríos. 
 
     De vuelta a la casa, los padres llamaron al médico. Este le aplicó ungüentos y cataplasmas y le hizo ingerir pócimas y brebajes, pero el niño, lejos de mejorar, se convulsionaba en la cama entre gritos aterradores. ¡Vete, vete!, repetía una y otra vez.
     Cuando amaneció, dejaron de escucharse los gritos. Ahora eran chillidos lastimeros los que salían de la estancia. Eran los gritos de la madre, contemplando el cuerpo sin vida de su hijo.
……………………………….. 

 

Hoy permanece en el recuerdo y en los hechos parte de la leyenda, pues hay quien dice que quien haya estudiado y después insulte a la mona, aprobará. ¿Creéis que será cierto? Yo nunca lo he comprobado, pero el día que vuelva a tener algún examen, prometo colocarme bajo la Mona y ponerla “verde”.


¡COMPÁRTELO SI TE HA GUSTADO!


FuentesLeyendas de Jaén y otras historias – Autor: Matías D. Ráez
               Asociación “Iuventa”
               Proyecto PV
               Blog “Jaén, bella ciudad de la luz”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.